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1730: José Montes de Oca, Sexta Angustia del barroco sevillano

El Penitente
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1730: José Montes de Oca, Sexta Angustia del barroco sevillano

Hablar de José Montes de Oca es hacerlo, sin complejos, sobre uno de referentes más importantes de la imaginería sevillana. Un artista único, un adelantado a su tiempo. Un moderno. Posiblemente el más sincero y menos superficial del barroco y, sin embargo, uno de los escultores con menos producción en la Semana Santa de Sevilla, convirtiéndolo así en un gran desconocido. Entender esto es imposible sin coquetear con el complejo contexto en el que el maestro desarrolló su obra. Detengámonos pues en una fecha, 1730, año de la creación del conjunto de La Piedad para la Hermandad de Los Servitas, para desde aquí, navegar por el universo creativo de quien, según calificó el académico Ceán Bermúdez en el siglo XVIII, fue «el último escultor de mérito que hubo en Sevilla».

La Sevilla de Montes de Oca, la de 1730, en la que nació y trabajó hasta su fallecimiento en 1754, es una ciudad marcada por las controvertidas reformas del Estado Ilustrado, que revisa las normas de los cortejos procesionales prohibiendo, por ejemplo, las salidas procesionales de noche, los disciplinantes o los penitentes de sangre. Una Semana Santa menguante, influenciada por «la razón», en la que las hermandades suprimen de sus cortejos los pasos de crucificados, como lo hizo la Hermandad de La Macarena, así como el uso del antifaz o las primeras desamortizaciones que llevaron a la desaparición de algunas cofradías. Aquel año, La Amargura, fundada sólo tres décadas antes, inaugura el Miércoles Santo de una Semana Mayor que vería procesionar a La Cena y Vera+Cruz en la misma jornada del Jueves Santo, una Madrugada en la que sólo haría estación de penitencia El Silencio y que terminaría ya en la tarde del Viernes Santo con los nazarenos de Tres Caídas de San Isidoro y La Soledad desde el convento del Carmen. Una Semana Santa hecha, con poca demanda, en la que impera la figura de Pedro Roldán, que impone su estilo en la escultura de la época y en la que Montes de Oca es la clara excepción por ser un autor que profundiza en lo piadoso, volviendo la mirada a tiempos anteriores, con Martínez Montañez como referente.

En 1730, año en el que Felipe V, primer rey Borbón, se arrodilló a los pies del Gran Poder en la Parroquia de San Lorenzo dentro de lo que se llamó el «Lustro real», José Montes de Oca realiza para la Hermandad de Los Servitas la que, sin duda, es una de las obras más importantes del barroco español: el conjunto formado por la Virgen de los Dolores y el Santísimo Cristo de la Providencia. Recreando la Sexta Angustia de María, este grupo escultórico es, sin duda, paradigma del estilo del imaginero sevillano, donde da rienda suelta a la personalidad de sus tallas, de rasgos marcados, expresivas cejas, captación del sufrimiento, profunda unción y calidad técnica en sus acabados. Tanto la madre como el hijo forman una alegoría presacramental, tremendamente avanzada desde un punto de vista intelectual, que da respuesta a ese nuevo interés por los dogmas de la Iglesia, surgidos de las ideas ilustradas en la sociedad de la época. Una obra profundamente moderna, con un Cristo entre el naturalismo de Montañés y la potencia de Juan de Mesa, así como una Virgen que lleva la expresión del dolor, desarrollado a lo largo del siglo XVII, a su máximo nivel, proponiendo una de las Dolorosas más impactantes que hay en Sevilla.

Reaccionario contra las formas plásticas de su época, propias del barroco tardío, por aquel entonces el artista contaba con numerosas obras como María Santísima de los Dolores de La Puebla de Cazalla o la Inmaculada Concepción (1719) y la efigie de Nuestro Padre Jesús del Ecce-Homo, ambas para la ciudad de Cádiz, ésta última fechada el mismo 1730. La obra de José Montes de Oca debió ser muy amplia, ya que, a pesar de las pérdidas por el paso del tiempo, su catálogo es amplio y se distribuye por todo el territorio del antiguo Reino de Sevilla. A él le debemos los antiguos titulares de la Hermandad de Los Gitanos, la talla de San José de un retablo lateral de la parroquia de San Isidoro, la Virgen de las Angustias Coronada de Alcalá del Río o el Cristo de la Humildad en San Pedro de Carmona. Un autor tardobarroco que merece un mayor reconocimiento, en una ciudad donde se sigue creando imaginería, pero que olvida a algunos de sus maestros.


Texto: Juan Miguel Sánchez @juanmi_sanchez_
Fotografía: Adolfo Sánchez @ASanchezM90

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