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En Sevilla no se mueve ni un varal

El Penitente
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En Sevilla no se mueve ni un varal

Los cuatro zancos están aferrados al suelo de una soledad henchida de amarguras. El manto de la ciudad no deja entrever ni un halo de luz; y se encuentra ensimismado, en la intimidad de sus dudas.

Estamos en mayo y las venas bordadas de las caídas que cobijan a la Virgen son oropeles huérfanos de Madre. Las flores no están marchitas, porque ni siquiera han llegado a posarse en sus jarras. Llamadores sin rogar, respiraderos sin resollar y candelerías sin llorar.

La ciudad de María sin María por sus calles. Sevilla es un sollozo profundo elucubrando el tintinar de los rosarios del genuino palio de la plaza de los Carros, y recordando sin acierto la sombra de unos varales en el escaparate de una Semana Santa inerte en sus calles.

Sevilla sueña… o anhela vivir lo que rara vez ha dejado de vivir. El júbilo de la Esperanza bautizando los balcones de la calle Pureza; la reflexión enlutada de las Tristezas de una Madre; los aromas de azahares que acallan al gentío; las arterias de los barrios desembocando en la trasera de su palio; los suaves, y a su vez, atronadores chasquidos que rebotan en los varales del palio de la Virgen del Dulce Nombre, y que sustituyen a las manecillas del reloj; la conjunción torera del palio baratillero, de hechuras macarenas y aires trianeros; o el sobrio tránsito de la Virgen de la Presentación, gracia escogida para los sevillanos selectos.

Hoy en Sevilla solo quedan cenizas de un carbón que nunca se quemó. Todavía se desmontan palios tras una Semana Santa paradójica, sin apenas lluvia y con María vestida de hebrea sin reinar en sus calles.

Mayo está dándole paso a la trasera, y la Virgen aún no ha traído la primavera a los entresijos de la ciudad. Hasta las mariquillas han dejado de respirar. Porque en Sevilla, sevillanos, no se ha movido ni un varal.

Jesús Hepburn Hernández.

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